(Publicado en Molécula)
Amanecí apacible, casi ingenua. Entonces elegí no quejarme y, a cambio, escribir por qué me gusta Santiago.
- El sonido del cañonazo de las 12, del cerro Santa Lucía.
- El cerro Santa Lucía, que conocí para mi vergüenza hace poco tiempo.
- Mirar por el espejo retrovisor cuando voy en auto subiendo por Santa Isabel, para ver la Iglesia de los Sacramentinos.
- El Drugstore de Providencia.
- La casa de Kulczewski en la calle Estados Unidos.
- El GAM y el cobre perforado de su fachada.
- Manejar por la radial nororiente, a pesar de sus peajes.
- El Parque Bicentenario, el Parque Forestal, el Parque de las Esculturas, algunas pinturas que hay en los tajamares del Río Mapocho.
- El edificio de Mar del Plata con Pedro de Valdivia.
- Las calles Lyon y Suecia, con esos árboles y esas sombras.
- Ver la cordillera después de la lluvia y entender lo de “majestuosa es la blanca montaña”.
- La calle Seminario y sus casas antiguas.
- Las gárgolas, los recovecos y adornos de algunos edificios, las rejas.
- El monasterio de los Benedictinos, aunque debo haber ido hace veinte años.
- Algunos graffitis.
- Las terrazas en el verano, las tardes de verano, los atardeceres todo el año, cómo el sol se esconde.
- La silueta del cerro Manquehue.
- La calle Nueva York.
- Subir caminando el San Cristóbal –sentirme deportista– y cruzarme con algún buenmozo. Mirar Santiago desde arriba.
- Los letreros luminosos de la calle Rancagua.
Seguro que se me olvidan muchos más.





