El arte de domarse a uno mismo.
Eso creo que es la disciplina, la autodisciplina.
Levantarse a la hora, repartir bien el tiempo, hacer ejercicios, comer sano. Cosas así, que cuestan, pero que cuando se hacen es un pequeño logro cotidiano. Claro que no es fácil y me gustan más las galletas que las lechugas, y prefiero dormir y el ocio, pero los desafíos a mí misma me parecen atractivos. Emerge un orgullo que a veces lo tengo bien guardado y lo que me propongo me resulta, porque sé que es bueno para mí.
Me permito, por supuesto, ciertas licencias, y a cada rato porque también me gusta tomar y bailar apretado. No soy perfecta ni un modelo de vida para nadie, tampoco macrobiótica ni un ser que vive sólo de aire: si hago esos pequeños esfuerzos, como levantarme temprano, es porque al final me recompensan. Es como una trampa, pero para bien. Me domino a mí misma, pero es por mí.
Ahora escribo de esto porque –obvio- estoy en una etapa bienprovechosa, con bastante fuerza de voluntad. Pero paso periodos en que me cuesta mucho más, y hay áreas en que me es más fácil ejercerla. Por supuesto que no siempre me resulta. Pero ahí la clave, creo, es dejarlo atrás. La gracia es volver.